En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad.
Enviar frase
Arthur Schopenhauer (1788-1860)
Mostrando entradas con la etiqueta violín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta violín. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de julio de 2009

Mozart y el violín


Un inconfundible tono irónico puede ser leído en la carta escrita en Munich por el Mozart de veintiún años a su padre, cuando dice, "Yo pensé que me desempeñé como el mejor violinista en toda Europa".

Después de todo, Leopold Mozart, el autor del famoso libro de método de violín y un excelente maestro, había reprendido a su hijo en muchas ocasiones para que no descuide su excelente talento en el violín además del piano y el órgano.

Leopold ordenó en repetidas ocasiones a su hijo aprovechar todas las oportunidades para que se desempeñe como un solista del violín.

Pero incluso en ese momento, el piano fue el instrumento preferido de Mozart.

Luego obtuvo su salario como concertino del príncipe-arzobispo de Salzburgo en la orquesta de la corte y se vio obligado por contrato a dar actuaciones ocasionales como solista.

La presión para ponerse a sí mismo como violinista en el escenario musical fue más fuerte en el año 1775, los cinco conciertos para violín fueron escritos entre abril y diciembre de ese año.

Mozart escribió la mayoría de ellos sin duda en primer lugar para su propio uso, dándoles más tarde a Antonio Brunetti, su colega en la ciudad de Salzburgo, para actuaciones del propio Brunetti.

Los tres últimos conciertos para violín de Mozart de la serie se encuentran entre los más maduros que él hizo como contribución al género.

Muestran un buen equilibrio de fuerzas entre el solista y la orquesta, mientras que sus temas son ricos en ingenio y la variedad.

En su título, "Rondeau" de el gran concierto en sol traiciona su derivación desde el final de tipo francés.

Relajado y agradable, concluye con un paso sorprendentemente tranquilo en la sección de vientos.

jueves, 25 de junio de 2009

Emmy Verhey y Yuri Yegórov - Sonatas para violín y piano de Schubert y Brahms

FRANZ SCHUBERT - Sonata para violín y piano en la mayor Opus 162

Franz Schubert es conocido en la historia de la música como el creador de grandes canciones, un género que llevó a la perfección como ningún otro compositor hasta ahora.

Pero su obra sinfónica y su música de cámara no son menos apreciados.

La sonata para violín y piano en La Mayor Op. 162 D 574, es una obra de juventud.

Esta obra es una de las más bellas piezas de Schubert, que haya escrito.

JOHANNES BRAHMS - Sonata Nº3 para violín y piano en re menor Opus 108

Johannes Brahms escribió tres sonatas para violín y piano.

La Sonata N º 3 para piano y violín en Re menor, op. 108, es una de las obras tardías del maestro.

Él escribió en 1887 en Thun y la había dedicado a su viejo amigo Hans von Bülow.

El primer movimiento comienza vigorosamente con una gran tensión, y el segundo tema, ya que no se rompe.

El Adagio que sigue, donde la melodía continúa fluyendo, desarrollada en primer lugar por el violín luego por el piano, llega a su cumbre en un tono nostálgico grave y la tensión se libera.

En el Scherzo, reune las fuerzas necesarias y lleva de nuevo de manera impetuosa la descarga de la tensión al final con un Presto.

Como las dos primeras, esta tercera y última sonata de Brahms es un verdadero "poema romántico"

Emmy Verhey (13 de marzo de 1949) es una violinista neerlandesa.

Verhey tomó por primera vez un violín con siete años y pronto reveló sus extraordinarias dotes para la música.

Niña prodigio, a los ocho años recibió clases de Oskar Back y, posteriormente, estudió con Herman Krebbers, Bela Dekany y Wolfgang Schneiderhan.

En 1966 quedó finalista en el Concurso Internacional Tchaikovski de Moscú (el violinista ganador fue Víctor Tretiakov) y Verhey consiguió su primer contrato discográfico.

Tras ganar el Premio Nacional de Violín Oskar Back de Ámsterdam en 1967, consiguió una beca para estudiar violín durante un año con David Óistraj en Moscú. En 1971 ganó el Concurso Internacional de Música Tromp de Eindhoven.

Verhey ha tenido una brillante carrera internacional y ha tocado con importantes batutas, como Bernard Haitink, Mariss Jansons, Leonard Bernstein, David Zinman, Jean Fournet y junto a otros grandes violinistas como Yehudi Menuhin o David Óistraj

Otros solistas con los que ha tocado son los pianistas Yuri Yegórov y Maria João Pires o el violonchelista János Starker.

Yuri Aleksándrovich Yegórov (28 de mayo de 1954 – 15 de abril de 1988) fue un pianista soviético.

Yegórov estudió en el Conservatorio de Kazán desde los seis años hasta los diecisiete.

Con diecisiete años, en 1971, participó en París en el Concurso Internacional Marguerite Long-Jacques Thibaud, donde quedó en cuarto lugar.

Continuó sus estudios en el Conservatorio de Moscú con Yakov Zak. Yegórov permaneció seis años en el Conservatorio moscovita. En 1974, ganó la medalla de bronce en Yegórov en el Concurso Internacional Chaikovski de Moscú. En 1975, ganó el tercer premio en el Concurso Internacional de Música Reine-Élisabeth-de-Belgique.

En 1976, parte para Roma, aprovechando su viaje para Europa para dar una gira de conciertos.

Debutó en el Carnegie Hall el 16 de diciembre de 1978, bajo la protección de Gershunoff, su interpretacion fue grabada en directo.

El crítico de The New York Times, Harold C. Schonberg, alabó la libertad y originalidad del estilo interpretativo de Yegórov.

Entre los pianistas que le influenciaron, están Sviatoslav Richter, Vladimir Horowitz y Glenn Gould.

jueves, 7 de mayo de 2009

Bartók, lenguaje folclórico húngaro y arte musical europeo contemporáneo

Aunque era un activo concertista de piano, Bartók escribió gran cantidad de música para violín.

Parte del interés que sintió Bartók por el violín se debía al importante papel que desempeña este instrumento en la música folclórica húngara.

El compositor estaba profundamente interesado en su música nativa.

Fue uno de los primeros de los muchos estudiosos de la música en tomar en serio la música folclórica como una expresión auténtica del carácter nacional.

Bartók pasó gran parte de su vida recogiendo, clasificando y estudiando melodías folclóricas auténticas.

Como compositor, buscó deliberadamente desarrollar un estilo que fuera una amalgama entre los lenguajes folclóricos húngaros y el arte musical europeo contemporáneo.

Por lo tanto, su música es diferente a la de cualquiera de sus contemporáneos. El estilo de Bartók está imbuido de ritmos y escalas húngaros.

De este modo, no es mera coincidencia que el violín desempeñara un papel tan importante en su producción.

Es tentador oír detrás del fogoso virtuosismo del Segundo Concierto, similar a una danza, a un violinista gitano que toca la música tradicional de su pueblo.

Bártok escribió este concierto durante un período de agitación política que aquejaba a toda Europa.

Mientras el compositor se debatía en la duda de si quedarse o no en la Europa dominada por el Eje, recibió el encargo de un concierto del violinista húngaro Zoltán Székely.

Bártok hubiera preferido componer un conjunto de variaciones para violín y orquesta, pero el virtuoso quería un concierto hecho y derecho.

En realidad la obra terminada, efectivamente utiliza técnicas de variaciones, y los materiales del primer movimiento vuelven en forma variada en el final.

A cambio de su encargo, Székely recibió un concierto de grandes proporciones, que trata al violín con gran bravura.

La parte del violín explora muchas técnicas especiales de las cuerdas –trémolo, cuartos de tono, glissando- pero no hay mucho del pizzicato, que es la marca de los cuartetos de cuerdas de Bartók.

Este sonido pulsado, en cambio se le da al arpa, que tiene un realce poco habitual. Este instrumento abre el concierto y, en su desarrollo nunca está ausente por mucho tiempo, especialmente en los dos primeros movimientos.

jueves, 2 de abril de 2009

El virtuosismo de Paganini

El caso de Nicolò Paganini (1782-1840) no tuvo precedentes.

Hasta que él apareció, los violinistas habían sido criaturas serenas, agradables, algo retraídas, nunca superestrellas.

Sus grandes nombres eran Arcangelo Corelli, Francesco Geminiani, Gaetano Pugnani, Giuseppe Tartini, Pietro Locatelli y Antonio Vivaldi. Los grandes violinistas procedían de Italia.

También Paganini, pero con una diferencia. No sólo cambió completamente la concepción de la ejecución del instrumento y la evolución de la misma, sino que inició el virtuosismo propio del siglo 19, creando el concepto del artista como héroe, del virtuosismo por el virtuosismo en sí.

Espectacular y extravagante, increíblemente brillante, fue el primer supervirtuoso instrumental.

Cualquiera haya sido su pensamiento musical impuso su nivel de interpretación que no ha sido nunca igualado.

Paganini, de pronto ocupó una posición que hasta entonces estaba reservada exclusivamente a los grandes cantantes; no hace falta decir que sus remuneraciones estuvieron de acuerdo con esa posición.

Buena parte del éxito que tuvo Paganini, se debía a su nivel técnico, nunca antes alcanzado y difícil de imaginar inclusive hoy en día.

No existían antecedentes de los efectos que lograba: el “pizzicato” con ambas manos, los múltiples cambios de tonalidad, un uso distinto del arco, los solos en una cuerda…

Aparentemente, ya dominaba todo ello siendo un niño. En su juventud, Nicòlo practicó incesantemente. Luego ya no ensayó más, abría el estuche de su violín momentos antes del concierto.

El magnetismo de Nicòlo Paganini provenía también de su extraña personalidad, que producía un estremecimiento en el público cuando hacía su aparición sobre el escenario.

Su figura espectral y pálida le daba un aspecto lúgubre, muy propio de los románticos.

Cuando el joven Franz Liszt lo escuchó, fue una revelación. Liszt decidió hacer en el piano, lo que Paganini hacía con el violín.

Pero Liszt no fue el único deslumbrado por el virtuosismo de Paganini, también Robert Schumann se impresionó y adaptó una obra del compositor para el piano.

jueves, 19 de febrero de 2009

El concierto para violín de Mendelssohn

En 1840 Mendelssohn fue convocado a la corte del nuevo rey de Prusia, federico Guillermo IV.

El rey deseaba que el patrocinio de las artes fuera una prioridad principal en su régimen y por lo tanto atrajo a Berlín a poetas, pintores, músicos e intelectuales.

La intención de Federico Guillermo era buena, pero era un soñador que tenía más ideas de las que jamás pudo poner en práctica.

Quería que Mendelssohn, por ejemplo, no solo estuviera a la cabeza del departamento de música de la Academia Real de las Artes, sino también que iniciara un nuevo conservatorio que fuera el centro de la vida musical alemana.

Los planes del rey para el nuevo conservatorio no llegaron a nada.
Mendelssohn había aportado con mucha fe una serie de ideas bien meditadas, pero el rey, había trasladado su entusiasmo a otros proyectos.

De aquella época data su Concierto para Violín en mi menor Op. 64, es una integración magistral de virtuosismo y musicalidad. 

Está lleno de líneas melódicas que brotan del violín aparentemente sin esfuerzo y sin embargo explota totalmente el potencial técnico del instrumento.

El final  de éste concierto en particular presenta un virtuosismo desenfadado y verdaderas melodías integradas en uno de los scherzos maravillosamente complicados de Mendelssohn.

Esta combinación de virtuosismo y lirismo la que ha hecho que el concierto sea apreciado por generaciones de violinistas y oyentes. 

La versión que pudimos apreciar hoy, estuvo a cargo del violinista Arthur Grumiaux, la Orquesta del Concertgebaw de Amsterdam, bajo la dirección de Bernard Haitink.

María Isabel Dávila